La muchacha ya no sonríe


La muchacha ya no sonríe    A Ludmila Pedraza, un gran amor de mi juventud...

La muchacha ya no sonríe a sabiendas, 
solo circunstancialmente. 
Ya no le brillan los ojos, 
y su cabeza hila ideas engorrosas 
que solo la pierden de su camino. 
Ya no pasea con sus flores en la mano, 
ya no mira el sol. 
Ya no tiene tranquilidad. 
La agobia una eterna queja del amor, 
que la pierde a menudo, 
y queda girando en calesitas viejas y oxidadas 
por los celos, por la dependencia. 
Si la tuviera ahora, frente a frente, 
como a esta hoja, le diría: 
“el tiempo siempre se pierde de alguna forma, 
es sólo cuestión de óptica. 
Sal a ver el paisaje, 
sal a ayudar a otro hombre, 
y descubrirás las esencias. 
Lee los antiguos, 
aprende de la historia, 
que siempre se repite, 
con sus matices. 
En cada hombre se encuentra el género 
y nada nuevo ocurre bajo el sol, como decía Salomón. 
Ya despierta, contempla, admira, 
pero antes debes poder ser capaz de buscar la salida, 
de frenar el tiempo, 
de repensarte a vos y el mundo, 
y saber qué deseas y qué no -todo sucede en nosotros-. 
La conciencia de uno mismo se logra afianzándote 
a ese yo que guardas dentro: abrázate y sanarás. 
No pierdas nunca las ganas de decir: 
hice mi mejor intento
En ti radica la posibilidad de muchísimas realidades, 
y nuestra sublime voluntad como principio de acción 
es la que elige, la que mueve; sólo hay que racionalizar los deseos. 
Moderación, prudencia, y serás virtuosa. 

No niegues tu naturaleza, sino más bien afírmala, 
y también sé como el agua y fluye, sin apegarte a nada, 
se como el sol e ilumina donde vayas con tu luz, 
se como los vientos y levántate siempre y sopla con fuerza, 
y se como la tierra y haz germinar en ti todas las semillas puras de la vida misma”.

Agustín R. Iribarne

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