Escupitajo Vigoroso

Escupitajo vigoroso

Audacia en la desidia, zigzagueantes senderos me llevan hacia puertas infranqueables, en invierno, con humo, niebla y distorsión: soy un embrión alcanzado por la aguja de tejer, soy indefenso y lucho por vivir, -y me están dando muerte-. ¿Para qué nacer? Si sólo escucho gritos y aullidos de arrepentimiento, como antiguos ecos en cavernas olvidadas, con goteras de preguntas sin respuesta, con la soledad que sintieron los primeros hombres, hasta que encontraron refugio en el  sedentarismo, y el comienzo de las civilizaciones, y las guerras, los perdigones y un insulto impronunciable a la reina de las reinas, como una profecía revelada por un sastre analfabeto, estoy pregonando seres que desde el no-ser me alcanzan, imberbes. ¿Cómo podrían animarse a cambiar de estado a voluntad? Si fuera mi turno, no sería más que un cilindro acabado, una espada deshecha, una turbulencia repentina, un precipitar no-premeditado, la inanición desmantelada. No puedo tragarme esta ensalada de palabras, recurro a la sífilis como consuelo ante la marcha nupcial de mi hermano, y estoy en soledad, como un pelícano en la costa, con su pico enervado ante el hastío, con hambre, y así dibujo ya sin brío, en mi memoria, porque los años pasan como barridos por una escoba, una de acero oxidado, una de escarbadientes mal atados, hidratados de gusto como una semilla hueca y fútil, una de sogas al cuello desatado, sin muertes, (sin vidas) más que esto que pasa por mi mente-inconsciente- y que muere en tanto cobra vida (porque nunca dirá nada trascendente, nunca dirá algo así como que un poema es un escupitajo con vigor, una nada bien direccionada, hacia el piso, hacia el cielo, hacia mi propia cara desfigurada, hacia la blanca hoja inmóvil; nunca dirá que una poesía puede ser la lanza que yerra el cazador, presuroso y aterrado ante la bestia, quedando de las garras del lenguaje, fácil presa.

Agustín R. Iribarne

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