El último adiós

El último adiós

Vas a tener que arrastrarte
para saber mi nombre, 
vas a tener que mendigar
para oler mi cuello o besar mis manos,
vas a implorar a los dioses que me rinda,
y yo, como ilustre capitán,
habré abandonado el barco
cuando lleguen tus tropas de dulzura
y canción de amor romántico…

Ni tu dulce voz me hará caer
otra vez -con la misma piedra-,
a los abismos de tus cantos de sirena,
más de una cuarentena te he escuchado
sin sentir que íbamos hacia otro lado,
muriendo estancados; ¡no! 
Ni tu voz, ni tu olor
ni tu belleza oriental, ni tu carta astral,
ni el amor que nos juramos 
y que aún pervive en lo que pudo ser,
ni la piel que nos excede, naturalmente:
no seré ambivalente, no seré inconsciente,
no, ya no, no me arrastraré, serpiente
locuaz e indulgente,
comerás de tu propia piel.

Te veré desnuda y cancelaré mis sentidos,
te oiré riendo y evocaré inevitablemente
los viejos tiempos,
pero un viento divino me empujará
hacia adelante,
hacia el futuro,
hacia el porvenir, 
-lo que siempre te fue aberrante-,
hacia adelante,
donde ya no sueñas conmigo,
donde ya no me atormentan tus lamentos,
donde no tengo que preguntarte
 el porqué de cada evento,
donde soy completamente libre, 
donde vuelo cómo y con el viento,
donde sólo hay acuerdos con mis adentros
y no necesito más de ungüentos para sanar,
y pacífico, alegre, contento
lograr la ataraxia de la que hablaba Lucrecio. 

Pero sé que algún día,
acariciaré tu rostro dorado,
y una gran y sabia ola de perdón
arrasará nuestros corazones templados,
y sólo así nos habremos curado,
y sólo así te habré olvidado.


Agustín R. Iribarne

Comentarios