Ante la sequía
¿No era mejor empaparnos
ante el constante diluvio del recuerdo
a secarnos bajo el sol del olvido,
de una vez y para siempre
y marchitarnos
como una planta seca,
sin fuerzas
excedida de sol,
o como un niño sin juego,
o un adulto sin amor
incapaces de la entrega espontánea
o como las horas de desamor
tan inhóspitas
como el desierto más vasto?
No ha quedado nada en absoluto,
ni un recuerdo, ni una carta de amor,
nada florece desde mi vientre,
ni pasto crece
en el terreno de mi corazón
ante tu y mi -nuestra- eterna aflicción.
Soy un caminante que no puede volver sobre sus pasos.
¿No era más fácil decir adiós
con un suspiro suplicante
a envalentonarnos tristemente
de orgullo y falsa autarquía?
Así estamos, muriendo ante la sequía,
cruel amada mía.
cruel amada mía.
De antiguos hervores ni escarcha quedó.
De otros vientos, un soplido vago y vacilante,
y del imborrable recuerdo constante
que hoy es agua y humo,
una silueta desdibujada
del mejor momento de tu juvenil ocaso.
¿Qué le importan a la roca mis sentimientos
cuando me hago arena entre las grietas?
Somos polvo en la sequía,
somos antigua lozanía,
y presente y exponencial lejanía.
Nos aunamos a la grieta,
al fin llegamos al punto de partida:
volvemos a la tierra,
para volver a la vida.
Agustín R. Iribarne
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