Ante el mar
Ante el mar he conocido una
muchacha pura y clara
como la noche estrellada
del estío,
y de un solo beso me ha
volteado del navío
para llevarme a la isla del
amor, blanca y desolada.
Allí la he amado, junto a
irreconocibles peces,
estrellas de colores y el
coral perenne,
y en la infinita arena de
su cuerpo
he aprendido a contar los
milagros de acariciarla y reir.
El tiempo ha dejado de
existir, desde entonces.
Hoy la busco entre las olas
y la sal,
y sólo en mi corazón la
encuentro.
Como un lamento, su
ausencia,
como una reverencia, su
encanto,
y lo que mas extraño de
ella,
además de su irrisoria
presencia,
es su dulce canto, ingrávida
sirena.
Déjame ver de nuevo tu
tornasolada aleta,
conságrate en tu esencia de
atleta
y nada por el océano
inacabable hasta mi,
que yo, en tu bella espera,
haré sonar mi laud,
y esas notas frescas
tendrán origen y muerte en ti.
Oigo en el caracol tu suave
voz,
oigo en la brisa una
reconocida melodía.
Una almeja me cuenta que te
ha visto,
que tu vestido
inconfundible ha vislumbrado,
y ahora navego errante
hasta encontrarte.
Mi brújula te señala, pues
eres mi norte.
¿Qué es esa luz que me
ciega, ese resplandor absoluto en las gélidas aguas?
Soltaré mi ancla en medio
de este mar helado,
porque a menos que sueñe,
aquí estás, a mi lado.
Tus puros colores me
vuelven a abrumar:
ante el mar están mis
tesoros.
Alumbra con tus irisadas
perlas mis tiernos ojos,
que yo quitaré de mi
corazón los cerrojos,
para volverte a abrazar
y alcanzar la eternidad
ante el mar, ante el mar.
Agustín R. Iribarne
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